A veces #fuckyeahasedurmiómipapá trata de escritura. A veces esperamos a que el sueño de los viejos llegue a sus canas y los derribe hacia los confines de su mente ansiosa de soñar. Dormimos menos con la edad, menos tiempo, pero añoramos más esas horas en las que es posible el único escape a nuestra rutina y nuestras familias. Pero nosotros todavía somos jóvenes, y esperamos a que llegue esa hora en la que los viejos duermen para vivir esos mismos sueños a través de las palabras. Nos embriagamos, como le hubiera gustado a Baco, o a Tristan Tzara, o a Manuel Maples Arce, y escribimos a veces cadáveres exquisitos. Hoy les traemos este, entre @astridavila y @reiben, que deja en evidencia que nuestra unión siempre es (y siempre será) un producto del mal.
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El señor cabeza de mimbre ha perdido la cordura. El lunes se detuvo frente a la puerta de la señora Méndez y de su boca empezaron a salir inmensos cestos para cargar fruta. El martes se dio a la tarea de construir un inmenso obelisco hecho de canastas que llegó a tocar el cielo. Empezó a seguirlo un grupo no tan pequeño pero sí diverso de cornetas mudas, cuernos de reno y medusas voladoras. A los días todos los caracoles del parque también lo seguían.
El señor cabeza sufre episodios de paranoia incontrolable. El doctor le recomendó contar de 10 en 10 hasta dos billones o hasta que su delirio de persecución se atenuara, pero el señor cabeza descubrió que la solución más efectiva era asesinar cualquier ser viviente y causarle el mayor dolor físico y psicológico posible. Logró contenerse, ¿logró contenerse? Logró contenerse, por un momento. Azules eran las gotas de sudor que caían de su frente. Azul su vista. Azul sus manos. Azul. Todo azul. Pero logró contenerse, por un momento, hasta que el Azul cayó en los ojos de todas las criaturas y no pudo más, no pudo más y afinó todos los lápices que tenía alrededor. Los dejó filosos.
“Yo no te amo”, respondió imperturbable. Entonces abrió su boca y vomitó en la de su amante, despojando su cuerpo de cualquier vestigio de alimento, sangre y saliva. Adentro suyo sólo quedaron tripajes secos y costillas mohosas, y le transmitió a su nuevo amor toda su podredumbre. Se quedaría así para siempre, tragando lo que el diablo le ordenaba por el orificio que le exigiera.