El amor de Catalina
¿Quién es el amor de esta Catalina
que de día esperado es con ternura,
de noche devorado con premura?
¿Quién es, que este azor trae con cafeína?
Pregunta su padre con amargura.
Y ya le digo lo que sé, mi cuate:
porque es mi Cata una gorda del alma
vio amor en un pastel de chocolate.
Se abrigó una noche en él como talma
y ahora me pide que la rescate.
¿Pero puedo, acaso, entrarla en razón,
cuando son la glucosa y el cacao
las feromonas hípnicas de su sazón?
«No sé, pero haga que le diga chao»,
concluyó, consternado, el viejo masón.
Cual Teobaldo me armé contra el romance:
el plato y la cuchara, desechables.
Halléla en la cocina en obvio trance.
«No más de estos circos abominables,
morirá el pastel y tendrás balance,
por mi noble nombre, Rafael el Gordo,
te exorcizaré del tenaz embrujo.»
Y hundí así mi arma con un golpe sordo
en la dulce piel del pastel de lujo
y al bocado escuché el canto de un tordo.
«¿Qué es este sabor divino que baila
y en mis papilas gustativas canta?
¿Cómo pude ser tan ciego, tan paila,
que enfundado de celosía manta
arremetí con toda esa lilaila?»
Apenas le dije esto, Catalina
deshundió su cara, me vio con brillo
en sus ojos como de gelatina,
sonrió —se me asemejó a un cochinillo
esa risa llena de grenetina—
y su boca hecha una panadería
se contrajo en la mueca de ün beso
y me contagió su amor de hostería.
«Venga, parce, de esta no sale ileso,
traguemos juntos con glotonería,
cerdearemos como quiso la suerte,
a mano limpia y hocico tendido,
que así nos llegue al corazón la muerte:
llenos y con el estómago henchido,
nuestro rostro: felicidad inerte.»
Y así termina este canto: obeso,
mórbido, grasiento, cerdo, goloso;
pues de La Orden de la Cruz del Exceso
nos pusimos el hábito sabroso
Cata y yo, sin temor al sobrepeso.








